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El discreto retorno del ogro

  • 3 mar 2017
  • 2 min de lectura

El monstruo pentápodo, la más reciente novela de Liliana Blum (Durango, 1974), tiene su antecedente en un relato titulado “Zapatos Periquita”, incluido en su libro Vidas de catálogo (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2007), en el que un globero viola a una niña pequeña, historia valientemente narrada desde la perspectiva del depredador. Para una escritora que además es madre, no debe ser nada sencillo ponerse en los zapatos del monstruo de la pesadilla materna por antonomasia; meterse tan hondo que incluso le permita justificarse con la afirmación de que su víctima “lo provocó”. He hablado y escrito abundantemente sobre este perturbador relato y el espanto de sí misma que debió experimentar la autora. El monstruo pentápodo evoca en su título al más célebre pederasta de la literatura, el Humbert Humbert de Lolita, de Nabokov. Pero el cuarentón que enloquece ante el precoz encanto sexual de una niña de doce años le queda demasiado pequeño a Raymundo Betancourt, para quien una ninfeta de la edad de Lolita carecería por completo de atractivo. Raymundo, más que hacernos pensar en personajes literarios, nos recuerda legendarios monstruos de la vida real, y como la gran mayoría de ellos, se trata de un hombre de apariencia normal, incluso bonachona, que vive un íntimo infierno mientras se mimetiza con éxito entre la gente “normal”… si bien, en un mundo donde, incongruentemente, se ha desatado una paranoia antipedófila para la que inofensivas fotos familiares de bebés desnudos han adquirido la jerarquía de “pornografía infantil”, al tiempo que saca de sus madrigueras a los “amantes de los niños”, no falta quien detecte asomo de depravación en cómo el inofensivo Raymundo contempla a unas niñas en una alberca, y es gracias a la impulsiva llamada de atención de un padre de familia, que sale en su defensa Aimée, una empleada del balneario, que explica a los indignados adultos que Raymundo tenía una hijita que acaba de morir y solía practicar natación en ese mismo lugar: el gran cuento con que Raymundo ha empezado a enganchar a la mujer que, como señala la contraportada, es pequeña pero en otra forma: una enana con la estatura de una niña de siete años a la que el depredador corteja con la clara intención de volverla su aliada.


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